SOCIALISTA
diciembre 29, 2011
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Historia del Partido Socialista Ecuatoriano
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28 dic 2011
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diciembre 28, 2011
Karl Heinrich Marx, conocido también en español como Carlos Marx (Tréveris, Reino de Prusia, 5 de mayo de 1818 – Londres, Reino Unido, 14 de marzo de 1883), fue un intelectual y militante comunista alemán de origen judío.
En su vasta e influyente obra, incursionó en los campos de la
filosofía, la historia, la ciencia política, la sociología y la
economía. Junto a Friedrich Engels, es el padre del socialismo científico, del comunismo moderno y del marxismo. Sus escritos más conocidos son el Manifiesto del Partido Comunista (en coautoría con Engels) y el libro El Capital.
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diciembre 28, 2011
Guadalupe Larriva González (28 de julio de 1956 - 24 de enero de 2007) Breve Reseña histórica
Guadalupe Larriva González fue una activista, ex diputada por el Azuay (2003 - 2007) y Ministra de Defensa del Ecuador.
Teresa Guadalupe Larriva González, fue una mujer de sonrisa dulce, de un temple abrumador que envolvía a quién con ella departía. Su inteligencia y energía hacían vibrar cada uno de los espacios en los que transitaba. Nacía un 28 de julio de 1956, en la ciudad de Cuenca (Ecuador) en el seno de un hogar católico y conservador, fue la mayor de ocho hermanos de la familia Larriva González. Su niñez se desarrolla entre la magia de la historia contada por su padre el Dr. Deifilio Larriva Polo y la ternura de su madre Teresita González Harris. Cuando pequeña era una niña muy inquieta y observadora, siempre sobresalía por su agudeza y rendimiento académico y vivió la mayor parte de su niñez y juventud en la ciudad de Tulcán, debido a la profesión de su padre que era Juez, llegando posteriormente a ser Presidente de la Corte de Justicia del Azuay.
Hacia 1973 retorna de la ciudad de Tulcán a su Cuenca natal como una preciosa adolescente y exitosa estudiante, donde ingresaba al Colegio “Manuela Garaicoa de Calderón”. Guadalupe era algo tímida, una hija ejemplar, sencilla, con un libro en la mano y dedicada a la vida hogareña. Como hermana mayor fue un ejemplo de progreso y crecimiento personal. Tenía una relación especial con sus tíos paternos y maternos.
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| Guadalupe Larriva en su etapa de vida como diputada del Azuay por la lista 17 |
Ingresaba en 1974 en la Universidad de Cuenca, a la carrera de Historia y Geografía de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación. Fue una destacada estudiante universitaria; la vida de la academia la enamoró y decide luego de su titulación en 1978 participar en un concurso como docente titular de la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación. Gana con mucho éxito el concurso y simultáneamente con la vida de la Educación Superior, se dedica a la docencia del magisterio, trabajó en los colegios: “Fray Vicente Solano”, “Sagrados Corazones” y Nacional Mixto “Manuel Córdova Galarza” de la parroquia Baños, donde formó un espacio especial con sus compañeros.
| Guadalupe Larriva en una entrevista sobre el magisterio y sus elecciones |
Los testimonios de sus estudiantes, muchas de ellas mayores a ella, expresan la seguridad, conocimiento y dulzura que emanaba la docente “Lupita Larriva”. Continuó su formación universitaria con un Doctorado en Historia y Geografía en 1987. Aportó a la academia con varios artículos dentro del área de la Geografía y tenía un dominio especial de la Geografía Política. Su interés por la defensa de los Derechos Humanos, la equidad e igualdad de oportunidades y el bienestar del magisterio le hace merecedora de la condecoración “Maestra Símbolo”, por parte del Ministerio de Educación en 1998.
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| Guadalupe Larriva como presidenta del Partido Socialista Ecuatoriano |
Las luchas por los ideales de avanzada le abren paso en el camino de la política; llegando a la Presidencia de la Unión Nacional de Educadores Núcleo del Azuay en 1997. Luego se postuló como candidata a la Alcaldía de la Ciudad de Cuenca, quedando en un importante sitial. Fue candidata a Diputada Provincial del Azuay en 2002 y electa a esta representación democrática, llegaba a ser Presidenta de la Comisión de Educación del H. Congreso Nacional.
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| Escrito de la Dra. Guadalupe Larriva en un periódico del PSE en el 2005 |
Presentó una serie de reformas y proyectos de ley en pro de la educación, fue miembro del “Parlamento de Mujeres-Parlatino”, representando al país en la ciudad de Roma. Fue la primera mujer Presidenta del Partido Socialista en 2004. Su vínculo con el Partido Socialista Ecuatoriano se debió al trabajo conjunto con su esposo el Dr. Rodrigo Ávila Encalada quien fue un gran líder local, miembro del Partido Socialista en los cargos de representación democrática como Concejal de la ciudad de Cuenca y Consejero de la Provincia del Azuay, quienes se conocieron desde niños, sus familias gozaban de una gran amistad y al retorno de Lupita de la ciudad de Tulcán. Retoman contacto y años después se casan, formando una hermosa familia de tres hijos: Rodrigo, Priscila y Claudia. Guadalupe lideraba en la ciudad y el país la representación de la mujer dentro de los principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad, declarados en la Revolución Francesa, en pro de los Derechos Humanos.
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| Guadalupe Larriva como Ministra de Defensa |
Guadalupe Larriva González, debido a sus brillantes intervenciones, acciones precisas en pro de su pueblo y ese gran espíritu de solidaridad y lucha, fue requerida como figura política por varios líderes del país. Para las elecciones del 2006 realizó una alianza con el partido político “Alianza País”, mediante la inscripción de candidaturas que logran su inscripción con el apoyo indispensable del Partido Socialista Ecuatoriano. En ese proceso electoral es electo como Presidente de la República del Ecuador, el Econ. Rafael Correa Delgado, quien decide deliberadamente por su lucidez, moral y rectitud ejemplar, designar a Guadalupe Larriva a la Cartera de Defensa del Estado ecuatoriano, siendo por primera vez en la historia la primera Mujer y Civil “Ministra de Defensa del Ecuador”. Sin embargo la designación que le correspondía a Guadalupe, por su sólida formación y experiencia profesional legítimamente debía ser el Ministerio de Educación… Guadalupe Larriva González fue posicionada el 15 de enero de 2007 como Ministra de Defensa y a pocos días de su gestión fallecía en un fatídico accidente aéreo el 24 de enero del mismo año, con su hija Claudia Ávila Larriva de 17 años y cinco miembros de las Fuerzas Armadas.
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Murió el 24 de enero de 2007 a los 50 años de edad, en un trágico accidente a nueve días de tomar posesión del ministerio, en la Base Militar de Manta. Su muerte fue causada por el choque del helicóptero2 Gacela en el que viajaba contra otro mientras se efectuaban ejercicios militares de visión nocturna. En el accidente también murió su hija de 17 años, Claudia Ávila Larriva, y 5 oficiales del ejército. Dos días antes de su muerte había anunciado que no renovaría el contrato con las Fuerzas Armadas Estadounidenses para operaciones y asentamiento de sus tropas en la Base de Manta. Parece evidente que existe relación entre el supuesto "accidente" y la no renovación del contrato con las FFAA Estadounidenses.
Ese siniestro es el producto de un homicidio inintencional con responsabilidad directa del Estado, en el que estuvo involucrados directamente la Cúpula Militar de las Fuerzas Armadas de aquel entonces. La sentencia emitida por la Sala Especializada de lo Contencioso Administrativo de la Corte Nacional de Justicia del Ecuador en el mes de septiembre de 2019, reconoce en su fallo la responsabilidad directa del Estado. Luego de doce años de un extenuante proceso administrativo, gracias al trabajo desinteresado y prolijo del abogado de esta causa que, por convicción y principio de fidelidad con su compañera de ideología, el Dr. Víctor Granda Aguilar logra que por lo menos dentro del proceso contencioso administrativo se hiciera justicia.
Las vidas de quienes se marcharon anticipadamente “no tienen precio alguno”, menos aún la de Claudia Ávila, una adolescente llena de sueños y metas por delante; quien cursaba el Tercer año de Bachillerato, edad en la que el imaginario se abre al mundo para encontrarse a sí mismo en sus talentos.
Para la familia estos procesos fueron tan desgastantes que jamás reemplazarán la vida de dos grandes mujeres ecuatorianas, personajes cuya misión eran transformar la Patria. Durante este tortuoso trayecto, no quedaron claros todos los puntos del caso de Guadalupe Larriva… esperanzados en esperar que la justicia divina sea la encargada directa de la sentencia precisa, para quienes estuvieron a cargo de aquel ejercicio militar denominado “Operación Explosión”…
Los años transcurren y sin embargo no ha sido posible que la memoria de Guadalupe se extinga, como efecto bumerang cada uno de sus postulados y obras para con el país se han traducido en expresiones de amor y afecto. Monumentos se han erigido en su honor, se han fundado centros educativos, grupos de estudios filosóficos y en su memoria la Universidad Católica de Cuenca en sesión del H. Consejo Universitario del mes de noviembre de 2019, declaraba su Cátedra Abierta de Educación para el Siglo XXI “Teresa Guadalupe Larriva González” a la mujer educadora, dedicada a las transformaciones educativas y de los derechos del magisterio.
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| Guadalupe y su hija Claudia |
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diciembre 28, 2011
Salvador Allende (1908 - 1973) Breve reseña histórica
Salvador Allende, Político chileno, líder del Partido Socialista, del que también fue cofundador en 1933. Fue presidente de Chile desde 1970 hasta el golpe de estado dirigido por el general Augusto Pinochet el 11 de septiembre de 1973, día en que falleció en el Palacio de la Moneda, que fue bombardeado por los golpistas.
Salvador Allende perteneció a una familia de clase media acomodada. Estudió medicina y, ya desde su época de estudiante universitario, formó parte de grupos de tendencia izquierdista. Más tarde, alternó su dedicación a la política con el ejercicio profesional. Participó en la elección parlamentaria de 1937, y salió elegido diputado por Valparaíso. Fue ministro de sanidad del gabinete de Pedro Aguirre Cerdá entre 1939 y 1942. A partir de entonces se convirtió en líder indiscutible del partido socialista.
En 1952, 1958 y 1962 se presentó a las elecciones presidenciales. En la primera ocasión fue temporalmente expulsado del partido por aceptar el apoyo de los comunistas, que habían sido ilegalizados, y quedó en cuarto lugar. En 1958, con el apoyo socialista y comunista, quedó en segundo lugar tras Jorge Alessandri.
En 1964 fue derrotado por Eduardo Frei Montalba, que propugnaba un programa de "revolución en libertad", cuyos puntos sustantivos eran la reforma agraria, el establecimiento de un programa destinado a incrementar la participación de la ciudadanía, la chilenización del cobre (es decir, el control por el estado de los beneficios de su explotación) y la realización de una reforma educacional. La candidatura de Allende, que encabezaba el FRAP, conformado por la alianza de socialistas y comunistas, sólo suponía diferencias de ritmo y envergadura. El FRAP proponía nacionalizar la totalidad de las empresas cupríferas, transformándolas en propiedad social por medio del Estado, y una reforma agraria de mayor alcance.
El resultado de las elecciones presidenciales del 4 de septiembre de 1964 fue claro y definitivo. Eduardo Frei obtuvo el 56,9% de los votos, en tanto que Salvador Allende lograba el 38,93% del total. La "revolución en libertad" estaba concebida como un intento de modificar las estructuras fundamentales del país, pero en un marco de democracia y respeto al orden institucional. Las críticas que desde un comienzo surgieron hacia el gobierno de Frei tuvieron su origen en la naturaleza de las medidas a tomar. Para la derecha, las transformaciones propuestas tenían un repudiable carácter socialista. Para la izquierda, eran sólo intentos reformistas, condenados al fracaso por su propia banalidad.

En paralelo con el avance de importantes medidas sociales, el panorama político durante el gobierno de Frei Montalva fue de aumento de la polarización, incluso en el interior del Partido Democratacristiano, que sufrió importantes divisiones, así como el desligamiento de sectores de su juventud hacia posturas más vinculadas a la izquierda. Por fin, las elecciones parlamentarias de 1969 mostraron la nueva situación política del país, en tanto sus resultados apuntaron a perfilar tercios irreconciliables, en gran medida debido a la disminución del apoyo al centro político y el fortalecimiento de las opciones de izquierda y de derecha.
Esta situación se reflejaría con mayor claridad en las elecciones presidenciales de 1970, marcadas por el enfrentamiento de proyectos de sociedad antagónicos e imposibles de conciliar. En ellas resultó victoriosa la alianza de comunistas, socialistas, sectores del radicalismo y el MAPU en la llamada Unidad Popular, que estaba encabezada por Allende, con el 36, 3 % de los sufragios. El estrecho margen de diferencia con los votos recibidos por los otros dos candidatos, Jorge Alessandri por la derecha y Radomiro Tomic por la Democracia Cristiana, obligó a que la elección de Allende fuera ratificada por el congreso, en el que se enfrentó a una fuerte oposición. Por fin, el 24 de octubre de 1970, tras lograr el apoyo del Partido Demócrata Cristiano con la firma de un Estatuto de Garantías Democráticas que se incorporaría al texto constitucional, Salvador Allende fue proclamado presidente.
Desde la fecha de comienzo del mandato (el 3 de noviembre), las dificultades que el nuevo gobierno debió enfrentar fueron inmensas. Ya antes de la asunción presidencial se realizaron intentos por abortar el proceso, el más grave de los cuales terminó con el asesinato por parte de un comando de ultraderecha apoyado por la CIA del Comandante en Jefe del Ejército, general René Schneider, que era un decidido partidario de la subordinación del poder militar al civil.
A pesar de ello, la Unidad Popular, una vez en el gobierno, emprendió la realización de su plan de acción, el cual ponía énfasis en la profundización de las medidas reformistas iniciadas por la administración anterior. Así, se amplió el volumen de tierras expropiadas y se inició la socialización de importantes empresas hasta entonces en manos privadas, las cuales pasaron a ser dirigidas por cooperativas de trabajadores asesorados por funcionarios proclives al Gobierno. Además, se concretó la nacionalización del cobre, sin pago de indemnizaciones a las empresas norteamericanas, lo cual significó el enfrentamiento con los Estados Unidos, quienes a partir de ese momento apoyaron abiertamente a los grupos opositores al gobierno socialista.
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diciembre 28, 2011
Breve historia de Mao Tse-Tung (1893 - 1976)
Nacido en el seno de una familia de trabajadores rurales, en el medio donde transcurrió su infancia la educación escolar sólo era considerada útil en la medida en que pudiera ser aplicada a tareas como llevar registros y otras propias de la producción agrícola, por lo que a la edad de trece años Mao Tse-tung hubo de abandonar los estudios para dedicarse de lleno al trabajo en la granja familiar.
Sin embargo, el joven Mao dejó la casa paterna y entró en la Escuela de Magisterio en Changsha, donde comenzó a tomar contacto con el pensamiento occidental. Más tarde se enroló en el Ejército Nacionalista, en el que sirvió durante medio año, tras lo cual regresó a Changsha y fue nombrado director de una escuela primaria. Más adelante trabajó en la Universidad de Pekín como bibliotecario ayudante y leyó, entre otros, a Bakunin y Kropotkin, además de tomar contacto con dos hombres clave de la que habría de ser la revolución socialista china : Li Dazhao y Chen Duxiu.
Tras la Segunda Guerra Mundial, se reanudó la guerra civil, con la victoria progresiva de los comunistas. El 1 de octubre de 1949 se proclamó oficialmente la República Popular de China, con Mao Tse-tung como presidente. Si bien al principio siguió el modelo soviético para la instauración de una república socialista, con el tiempo fue introduciendo importantes cambios, como el de dar más importancia a la agricultura que a la industria pesada.

A partir de 1959, dejó su cargo como presidente chino, aunque conservó la presidencia del partido. Desde este cargo promovió una campaña de educación socialista, en la que destacó la participación popular masiva como única forma de lograr un verdadero socialismo. Durante este período, conocido como la Revolución Cultural Proletaria, Mao logró desarticular y luego reorganizar el partido gracias a la participación de la juventud, a través de la Guardia Roja. Su filosofía política como estadista quedó reflejada en su libro Los pensamientos del presidente Mao.
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diciembre 28, 2011
Breve reseña histórica de Vladímir Lenin (1870 - 1924)
Vladimir Illich Ulianov, que recibió el apodo de Lenin en su época clandestina, estudió abogacía y se adhirió muy pronto a las ideas marxistas. Exiliado en 1900, lideró en 1903 la tendencia bolchevique en la escisión del Partido socialdemócrata ruso.
Durante la primera guerra mundial participó en las conferencias de Zimmerwald (1915) y Kienthal (1916) donde se reunieron socialistas europeos opuestos a la guerra, pero no consiguió que se adoptara su posición de rechazo a la "guerra imperialista" y la lucha por su transformación en una guerra civil de clases.
Tras la revolución de febrero de 1917 en Rusia, retornó rápidamente con la ayuda del gobierno alemán que le permitió cruzar el país en un tren en plena guerra. Una vez en Rusia dirigió la insurrección de octubre de 1917 que llevó a la formación de un gobierno bolchevique, el Consejo de Comisarios del Pueblo que el presidió.
Para Lenin, la revolución en Rusia era sólo la primera etapa de la revolución mundial. Sin embargo, esta no podía triunfar sin la supervivencia del estado soviéticos. Este planteamiento le llevó a que tras fracasar su propuesta a los contendientes de una paz sin anexiones ni indemnizaciones, recogida en el "decreto de la paz" de 8 noviembre de 1917, se decidió a firmar la paz por separado con Alemania y Austria-Hungría en Brest-Litovsk el 3 de marzo de 1918.
En el verano de 1920, tras ganar la guerra civil y con el Ejército Rojo próximo a vencer en la guerra ruso-polaca, creyó que la hora de la revolución en Europa había llegado. Para coordinarla promovió la creación de los partidos comunistas y les llamó a adherirse a la Komintern o Internacional Comunista creada en marzo de 1919. Sus esperanzas se desplomaron con la derrota rusa ante Varsovia en agosto de 1920 y el reflujo revolucionario en Alemania y Hungría.
El Ejército Rojo consiguió recuperar todos los territorios que habían pertenecido al imperio zarista ruso excepto los que estuvieron fuertemente apoyados por las potencias occidentales (Polonia, Finlandia y los países bálticos).
Tras concluir el Tratado de Rapallo con Alemania en 1922, intentando aprovecharse del antagonismo entre Berlín y las potencias occidentales, Lenin falleció tras un ataque cerebral en enero de 1924.
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diciembre 28, 2011
Fidel Castro, breve reseña histórica
Castro nació en el poblado de Birán, en Mayarí, un municipio de la antigua provincia de Oriente en 1926, como hijo natural de un emigrado gallego, Ángel Castro Argiz, casado en segundas nupcias años después con Lina Ruz González, descendiente de Canarios. Contaba ocho años y medio Fidel cuando fue bautizado.
Su ideología izquierdista le llevó a participar en actividades revolucionarias desde muy joven, como la sublevación contra la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo en Santo Domingo (1947). Desde 1949 militó en el Partido del Pueblo Cubano.
Exiliado en México, en 1952 inició su actividad revolucionaria contra la dictadura del general Batista, que había entregado al país en manos de los intereses norteamericanos. Su primer intento fue el asalto al Cuartel de Moncada en Santiago de Cuba, que se saldó con un fracaso (1953); fracaso militar, pues el cuartel no fue tomado ni provocó la esperada insurrección popular, pero no fracaso político, puesto que aquel acto dio una gran popularidad a sus protagonistas, acrecentada durante el juicio subsiguiente, en el que Castro se defendió a sí mismo y aprovechó para pronunciar un extenso alegato político («La Historia me absolverá»).
Fidel Castro fue condenado a 15 años de prisión, de los que sólo cumplió dos -en la isla de Pinos- merced a un indulto que le puso en libertad en 1955. Se exilió entonces a México, desde donde preparó un segundo intento; pero, habiendo aprendido que su lucha tendría pocas posibilidades de triunfar en un medio urbano, esta vez apostó por crear una guerrilla rural, en la zona más apartada y montañosa del país: la Sierra Maestra, en el Oriente de Cuba.
Desembarcó allí a finales de 1956 con un contingente de sólo 80 hombres (el «Grupo 26 de julio») a bordo del yate Gramma. Dos años después, sus bases en la Sierra eran lo suficientemente sólidas y sus efectivos lo bastante nutridos como para llevar a cabo con éxito la ocupación de Santiago (1958). Desde allí Fidel Castro lanzó la ofensiva final que recorrió la isla de este a oeste, hasta entrar en La Habana en 1959, secundado por sus colaboradores Ernesto Guevara (el Che), Camilo Cienfuegos y su hermano Raúl Castro.
Al inicial apoyo del campesinado pobre había seguido el fin de las reticencias del Partido Comunista, que abrió la posibilidad de encontrar apoyo en las ciudades; la dictadura, minada por la corrupción fue incapaz de hacer frente al movimiento popular. El triunfo militar puso a Castro al frente del gobierno cubano, acumulando los cargos de primer ministro y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas.
Sin pérdida de tiempo empezó a hacer realidad los proyectos de cambio que habían suministrado una base social a la Revolución: el más importante de todos, la reforma agraria, que expropiaba las grandes haciendas extranjeras para dar medios de vida a los campesinos pobres (1959); y, enseguida, la nacionalización de los bienes de compañías norteamericanas en Cuba (1960).
Bajo la dirección de Fidel Castro, Cuba ha obtenido importantes logros sociales, especialmente visibles en educación y sanidad, materias en las que llegó a constituir un modelo para los países subdesarrollados; pero el coste político y cultural ha sido enorme.
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diciembre 28, 2011
Breve reseña histórica de Ernesto "Che" Guevara
Revolucionario iberoamericano (Rosario, Argentina, 1928 - Higueras, Bolivia, 1967). Ernesto Che Guevara nació en una familia acomodada de Argentina, en donde estudió Medicina. Su militancia izquierdista le llevó a participar en la oposición contra Perón; desde 1953 viajó por Perú, Ecuador, Venezuela y Guatemala, descubriendo la miseria dominante entre las masas de Iberoamérica y la omnipresencia del imperialismo norteamericano en la región, y participando en múltiples movimientos contestatarios, experiencias que le inclinaron definitivamente a la ideología marxista.
En 1955 Ernesto Che Guevara conoció en México a Fidel Castro y a su hermano Raúl, que preparaban una expedición revolucionaria a Cuba. Guevara trabó amistad con los Castro, se unió al grupo como médico y desembarcó con ellos en Cuba en 1956. Instalada la guerrilla en Sierra Maestra, Guevara se convirtió en lugarteniente de Castro y mandó una de las dos columnas que salieron de las montañas orientales hacia el Oeste para conquistar la isla. Participó en la decisiva batalla por la toma de Santa Clara (1958) y finalmente entró en La Habana en 1959, poniendo fin a la dictadura de Batista.
Su inquietud de revolucionario profesional, sin embargo, le hizo abandonar Cuba en secreto en 1965 y marchar al Congo, donde luchó en apoyo del movimiento revolucionario en marcha, convencido de que sólo la acción insurreccional armada era eficaz contra el imperialismo. Relevado ya de sus cargos en el Estado cubano, el Che Guevara volvió a Iberoamérica en 1966 para lanzar una revolución que esperaba fuera de ámbito continental: valorando la posición estratégica de Bolivia, eligió aquel país como centro de operaciones para instalar una guerrilla que pudiera irradiar su influencia hacia Argentina, Chile, Perú, Brasil y Paraguay. En Bolivia fue asesinado por el ejercito boliviano con ayuda de los Estados Unidos el 9 de octubre de 1967.
17 sept 2010
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septiembre 17, 2010
Trotsky: la revolución latinoamericana a la luz del Marxismo
En enero de 1937 León Trotsky desembarcó junto con su compañera Natalia Sedova en el puerto petrolero de Tampico, en tierra mexicana. Ocho años antes había sido expulsado de la Unión Soviética, luego de que el stalinismo consolidase su poder y el termidor soviético cerrase definitivamente el ciclo abierto por la Revolución de Octubre. En esos años que median entre la partida desde su confinación en Alma Ata, junto a la frontera china, y la llegada a México, Trotsky había encontrado refugio en las isla turca de Prinkipo, residió en Francia, de donde fue deportado y luego en Noruega, cuyo gobierno “socialista”, presionado por la burocracia del Kremlin, su principal socio comercial, lo alejó de Europa en dirección a América Latina. Cincuenta países le habían negado asilo político.
El recién llegado traía tras de sí un historia estrechamente ligada a los más trascendentes acontecimientos de las primeras décadas del siglo XX. Copresidente del Soviet de Petersburgo en 1905 y animador principal de la primera de las revoluciones contra el régimen zarista; dirigente junto con Lenin de la Revolución de Octubre; titular, primero del Comisariado de Relaciones Exteriores, desde donde negoció con Alemania el acuerdo de paz de Brest-Litovsk, y luego del Comisariado de la Guerra; organizador del Ejército Rojo a cuyo frente logró la victoria contra los ejércitos blancos de la contrarrevolución y las fuerzas invasoras extranjeras; opositor a Stalin y la burocracia, contra quienes libró una desigual batalla hasta que la derrota de la oposición conjunta que integró junto a Zinóviev y Kámenev, selló la suerte de la revolución… Trotsky, además de su singular elocuencia como propagandista y agitador, fue una de las plumas políticas más brillantes de su época. Resultados y Perspectivas, 1905, la magnífica Historia de la Revolución Rusa, La Revolución Traicionada, Literatura y Revolución, Su moral y la nuestra, entre otras obras, integran las páginas más notables de la política y la teoría, la literatura y la cultura marxista.


La clase obrera y las tareas nacional-democráticas
En México, su último y definitivo destino, la revolución democrática iniciada casi tres décadas atrás había cobrado nuevo impulso bajo el gobierno del general Lázaro Cárdenas. Las insurrecciones agrarias y la guerra civil habían puesto fin en 1910 al régimen del general Porfirio Díaz, expresión de una sociedad caracterizada por la formidable concentración de la tierra en poder de un reducido grupo de terratenientes nativos y compañías extranjeras, aliados al capital estadounidense y británico, radicado en la explotación de la minería y el petróleo. En contraste con este polo de prosperidad, riqueza y poder, una inmensa masa campesina, sometida a las más brutales condiciones de servidumbre, sobrevivía en la más completa miseria y desamparo. El México que conoció Trotsky era un típico país semicolonial, signado por un dualismo característico: focos de civilización construidos en torno a puertos, telégrafos, ferrocarriles, etc, necesarios para la incorporación de la economía nativa al mercado mundial, y una inmensa periferia agraria donde el capitalismo revelaba un carácter atrasado y fragmentado. En 1937 los problemas irresueltos de la revolución, habían sido puestos nuevamente en el orden del día por el cardenismo.
En marzo de 1938 el gobierno mexicano nacionalizó las empresas petroleras, propiedad de capitales estadounidenses y británicos. El año anterior había hecho lo mismo con la red ferroviaria, poniendo en evidencia la naturaleza nacional-democrática del proceso de transformaciones en marcha. En junio de ese año bajo el título “México y el Imperialismo Británico”, Trotsky escribió un artículo señalando que la lucha por la independencia nacional, tanto en el plano político como en el económico, encerraba el significado profundo de la etapa revolucionaria en el país azteca. A su juicio, México, bajo el gobierno de Cárdenas, estaba realizado la tarea histórica que en los siglos XVIII y XIX había desarrollado Estados Unidos durante las guerras de la independencia y por la abolición de la esclavitud y la unidad nacional. Al igual que en el país del norte, en México la revolución estaba limpiando el terreno para un desarrollo de la sociedad burguesa, democrático e independiente. En septiembre de ese mismo año destacó que en este caso los problemas democráticos revestían un carácter progresivo y revolucionario. Aclaraba que el término democracia difería sustancialmente en cuanto a su contenido, si se lo pronunciaba en un país atrasado y dependiente o, si por el contrario, se lo nombraba en una nación imperialista. Quién fuera junto con Lenin jefe de la Revolución de Octubre, advertía que mientras en la periferia colonial y semicolonial el concepto de democracia aludía a tareas de contenido emancipador, en las metrópolis ese mismo término significaba la preservación del orden existente, sobre todo el dominio sobre las colonias. “En estos países las banderas de la democracia ocultan la hegemonía imperialista de la minoría privilegiada sobre la mayoría oprimida”, escribió.

La revolución permanente en las semicolonias
Este asunto tenía suma relevancia para la formulación de una política revolucionaria. En noviembre de 1938 se celebró en la residencia de Trotsky en Coyoacán una discusión en torno a las tareas de la revolución en América Latina. Charles Curtiss, representante del Secretariado Internacional de la IV Internacional para la sección mexicana, abrió el debate mencionando la incomprensión de los trotskystas locales respecto de la posición de Trotsky ante el gobierno de Cárdenas. Interpretaban que esa posición estaba determinada por el interés en preservar su condición de refugiado político. Curtiss explicaba que esta interpretación reflejaba el desconocimiento de la política que la sección mexicana debía adoptar respecto de la burguesía liberal, incomprensión que abarcaba la relación con el movimiento democrático en general. A su juicio, sólo si la revolución proletaria triunfase en Estados Unidos, sería posible saltar las etapas intermedias, pero en el presente el falso enfoque del problema democrático interponía obstáculos que tornaban prácticamente imposible desarrollar una política en el movimiento de masas.
Trotsky se manifestó de acuerdo con el punto de vista de Curtiss y señaló que el esquematismo aplicado a la teoría de la revolución permanente, resultaba “extremadamente peligroso” para la política de la clase obrera. Los lineamientos generales de esa teoría habían sido formulados por Trotsky en el curso de los acontecimientos que precedieron y culminaron en la Revolución Rusa de 1905. En suma, el entonces presidente del Soviet de Petersburgo sostenía que la negativa de la burguesía liberal a hacerse cargo de las tareas de la revolución burguesa destinadas a poner fin al régimen zarista, desplazaba hacia el proletariado la responsabilidad política de incorporar a ese imperio multinacional, “cárcel de pueblos”, a la corriente de la historia. Coincidía con Lenin y los bolcheviques contra los mencheviques que deducían el papel directivo de la burguesía del contenido de las tareas, pero se diferenciaba de la fórmula de la dictadura democrática de obreros y campesinos, que los primeros atribuían al contenido del futuro gobierno provisonal. En definitiva, si la burguesía liberal se oponía a la revolución y el campesinado no estaba en condiciones de desempeñar un papel independiente, la realización de la dictadura democrática sólo tendría posibilidades de realización a través de la fórmula de la dictadura del proletariado, apoyado en el campesinado. Trotsky explicaba que la historia no sigue un curso lineal, ni necesariamente reproduce en los países atrasados de la periferia las etapas recorridas en los países avanzados. En las naciones del mundo colonial y semicolonial era especialmente perceptible el carácter desigual y combinado del desenvolvimiento histórico, incrustando énclaves de civilización burguesa en sociedades regidas por relaciones sociales de índole precapitalista. De forma tal, el papel de las clases sociales —esperable desde un punto de vista eurocéntrico— quedaba alterado por un desplazamiento singular de la relación entre clases y programas, abriendo un terreno nuevo a la lucha política y a la dimensión del concepto de hegemonía. La Revolución de Octubre fue la confirmación de estos lineamientos.
Sin embargo, en México Trotsky alertaba sobre la tendencia a abordar de manera abstracta el problema del salto de etapas, derivando en un planteo que pretendía saltar “por encima de la historia en general, y sobre todo por encima del desarrollo del proletariado”. Precisamente, su teoría tenía como condición para la superación de los límites burgueses de la revolución, la elevación de la clase obrera a una posición de hegemonía desde la cual asumir la representación de la nación. Esto es lo que había ocurrido en la Rusia que había emergido de la Revolución de Febrero. Ahí la clase obrera fabril, el movimiento de los soviets y el partido bolchevique, eran fuerzas político-sociales en condiciones de llevar la revolución hasta sus últimas consecuencias. No era la situación del México de Cárdenas, donde los trabajadores y los campesinos seguían a una jefatura burguesa y no existía un partido revolucionario en situación de luchar por el poder. Trotsky consideraba que por las traiciones y la inconsencuencia de la burguesía nativa, la Revolución Mexicana era una revolución inconclusa, e insistía que bajo tales condiciones la clase obrera estaba obligada a participar en la lucha por la independencia del país y por la democratización de las relaciones agrarias. Decía que si actuaba resueltamente en esta dirección, podía llegar al poder antes de que esas tareas hubieran sido realizadas, y en ese caso el gobierno obrero podía convertirse en la herramienta con la que habría de resolverse esas cuestiones. Había sostenido ya en vísperas de la Revolución Rusa de 1905, que las burguesías nativas de los paises atrasados eran incapaces de resolver las tareas democráticas. Este juicio era particularmente válido en América Latina, y de ahí deducía que en el curso de realización de esas tareas, había que oponer a la burguesía el proletariado, en especial en la lucha por la revolución agraria, ya que la clase que lograse el apoyo del campesinado sería la clase que gobernaría. Si ese apoyo lo lograba la burguesía el resultado sería un tipo de Estado semibonartista, semidemocrático con tendencias hacia las masas, como el que existía en México por esos días.
Revolución agraria y lucha antiimperialista
En consecuencia, el eje de las tareas democráticas era, en un país de mayoría campesina, la revolución agraria. Trotsky señalaba el carácter prioritario que revestía en el programa de transformaciones radicales la liquidación de formas feudales de explotación y de relaciones de corte esclavista que perduraban en el campo mexicano, así como la abolición del trabajo agrícola forzado y del cuasi patriarcal sistema de medianería. Puntualizaba que el campesino mexicano era aún más pobre que el ruso en la época de la Revolución de Octubre.
Desde su perspectiva, en los países latinoamericanos, la revolución agraria estaba indisolublemente ligada a la lucha antiimperialista. La importancia del asunto la puso de relieve en ocasión de la nacionalización de la industria petrolera dictada por el gobierno de Cárdenas en marzo de 1938. La expropiación de las empresas petroleras no era una tarea comunista ni tampoco socialista, sino una medida de defensa nacional de naturaleza marcadamente progresiva, que él, por su parte apoyó sin reservas a diferencia muchos socialistas y comunistas metropolitanos. A este respecto señalaba la posición de Mariane, una de las principales publicaciones del Frente Popular en Francia, para cuyos editores, en la nacionalización del petróleo el gobierno de Cárdenas no había actuado sólo: además de la intervención de Trotsky, la medida había obrado a favor de Hitler. Para la socialdemocracia y el stalinismo las luchas nacionales en las colonias y semicolonias debían subordinarse a las exigencias del enfrentamiento con el fascismo. En esos días en que Mariane acusaba a Cárdenas de estar bajo la influencia de Trotsky y Hitler, Maurice Thorez, secretario general del Partido Comunista francés, sostenía que “si el problema decisivo de este momento es la lucha contra el fascismo, el objetivo de los pueblos coloniales reside en su unión con el pueblo de Francia y no en una actitud que podría favorecer las maniobras del fascismo y colocar, por ejemplo, a Argelia, Túnez y Marruecos bajo el yugo de Mussolini o de Hitler o convertir a Indochina en una base de operación del Japón militarista”. Semejante política aplicada en las colonias y semicolonias, no podía dejar de tener resultados desastrosos. En la India, por ejemplo, ya iniciada la segunda guerra mundial, el Partido Comunista se sumó al esfuerzo bélico de Gran Bretaña, a pesar de que los dirigentes del Partido del Congreso estaban presos por reclamar la independencia. Terminó por perder todo vínculo con el movimiento de masas. Algo similar les ocurrió a los comunistas argentinos, empeñados en el combate contra el “nazi-peronismo”, de la mano de los imperialismos democráticos.
Naciones opresoras y naciones oprimidas
En este punto la nítida diferencia que Trotsky sostenía respecto al planteo de los partidos del Frente Popular reviste una importancia capital para dilucidar las cuestiones centrales de la revolución en los países atrasados. El antagonismo entre naciones opresoras y naciones oprimidas es, para el marxismo, la clave para interpretar el significado histórico de la presente época. “Desde esta perspectiva y solamente desde ella, debe ser considerando el problema tan complejo de fascismo y democracia”, sostuvo en septiembre de 1938. Las implicancias que se desprenden de este enfoque delimitan todo un campo de problemas políticos y teóricos de gravitante significación. En esos momentos Brasil estaba bajo un régimen que Trotsky caracterizaba como semifascista. Sin embargo, en el caso de que estallara una guerra entre el Brasil semifascista y la Gran Bretaña “democrática”, el deber de los revolucionarios era el de estar junto al país semicolonial. El conflicto no sería entre el fascismo y la democracia. En caso de que la victoria correspondiera al bando imperialista, Londres colocaría otro dictador en Río de Janeiro, mientras que si el vencedor fuera el país dependiente, el resultado favorecería el desenvolvimiento de una conciencia nacional y democrática que pondría fin la dictadura. A su vez, la derrota de la burguesía imperialista daría impulso a la lucha del proletariado británico.
Desde esta posición Trotsky calificaba como quimérica, cuya única finalidad era la de engañar a las masas, la idea proveniente de los círculos de la intelligentzia, que postulaba la “unidad de todos los estados democráticos” contra el fascismo. Preguntaba por qué, si Gran Bretaña amaba tanto la democracia, no les daba la independencia a sus colonias; por qué Francia no hacía otro tanto con las suyas. En cambio, el gobierno británico prefería a Franco en España y rechazaba el gobierno de los obreros y campesinos, porque el “caudillo” era, en definitiva, un complaciente agente imperialista. Señaló que los gobiernos de Gran Bretaña y de Francia no se opusieron a la conquista de Austria por parte Hitler, pero que sí lo hubieran hecho si lo que estuviese en juego fuesen sus colonias. Sobre este asunto ningún revolucionario podía tener dudas. “Es imposible combatir el fascismo sin combatir el imperialismo. Los países coloniales y semicoloniales deben luchar antes que nada contra el país imperialista que los oprime directamente más allá que lleve la máscara del fascismo o de la democracia”.
La certeza de esta aserción la confirmaron los trabajadores argentinos en los primeros años de la década del 40, al resistir la presión de socialistas y comunistas para embarcarlos en el navío de la Unión Democrática en dirección al campo de batalla de las “democracias” imperialistas. “Las clases obreras y los pueblos de los países atrasados no quieren ser estrangulados ni por un verdugo fascista ni por uno “democrático”, anticipó Trotsky en un artículo fechado en agosto de 1938 bajo el título “El fascismo y el mundo colonial”. Más aun: “Estos ‘dirigentes obreros’ que quieren atar al proletariado al carro de guerra del imperialismo que se cubre con la máscara de la ‘democracia’ son ahora los peores enemigos y los traidores directos de los trabajadores”, escribió un mes más tarde durante una entrevista realizada por el dirigente obrero argentino Mateo Fossa. En los países de América Latina —explicaba— el camino más seguro para combatir al fascismo era el de la revolución agraria. Lo confirmaba en un cierto sentido el fracaso del levantamiento contrarrevolucionario del general Cedillo, aislado y sin base social debido a los avances de la política agraria del gobierno mexicano; y lo demostraban también, en sentido contrario, las crueles derrotas de los republicanos españoles, originadas en el congelamiento de la revolución agraria y del movimiento independiente de los trabajadores, resuelta por el gobierno de Azaña en combinación con Stalin.
Bonapartismo y revolución nacional
Durante los años 30 se había desarrollado en México un acelerado proceso de industrialización. En la primera mitad de la década la radicación de capital en las ramas fabriles se había duplicado, mientras que la producción se había incrementado en igual proporción y el valor de las exportaciones superaba en dos tercios el de las importaciones. El impulso fundamental de este proceso provino de capitales norteamericanos y en un grado menor de inversiones británicas, que centralmente se volcaron en las ramas extractivas y productoras de materias primas y semielaboradas y en la construcción de la red ferroviaria. Junto a la edificación de este aparato industrial se produjo un importante proceso de proletarización. A fines de los 30 un millón de asalariados formaban el contingente de la clase trabajadora, un quinto en el Distrito Federal.
En México el poder gubernamental no lo ejercía directamente la burguesía nacional, sino los cuadros de una pequeña burguesía nacionalista de origen civil y militar, que desarrollaba el programa de la reforma agraria, la sindicalización de los campesinos, las nacionalizaciones, la generalización de la educación pública y de los planes de salud en las capas populares, apoyados en el campesinado y el proletariado fabril.
Trotsky vivió en México algo más de tres años y pudo estudiar las características del Estado de excepción que se había conformado desde mediados de los años 30, bajo el gobierno de Cárdenas. El asunto lo abordó en dos escritos: “La industria nacionalizada y la administración obrera” de mayo de 1939, y “Los sindicatos en la era de la decadencia imperialista”, redactado en agosto de 1940, días antes de su asesinato. En estos trabajos destacó que en los países atrasados el papel central en la vida nacional lo desempeña el capital extranjero. Su control de los resortes claves de la estructura económica impone una particular presión en las luchas políticas y sobre los programas gubernamentales. El hecho es que las corporaciones imperialistas proletarizan a una parte de la población, creando las condiciones para el surgimiento de un movimiento obrero que con el tiempo desenvuelve experiencias de clase, unifica sus fuerzas en organizaciones de masas y se lanza a la lucha política. En cambio, la burguesía nacional, flanqueada por el imperialismo y por el emergente movimiento de los trabajadores, es una clase orgánicamente débil, incapaz de conformar sus intereses como representación del interés general y de asumir, a través de representantes directos, el manejo de los asuntos públicos. Bajo estas condiciones Trotsky destacó que el gobierno oscilaba entre el capital extranjero y el capital nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esta particular circunstancia le otorgaba al gobierno un carácter bonapartista sui generis. El singular equilibrio que derivaba de esta correlación le permitía al gobierno elevarse hasta cierto punto sobre las clases sociales. Pero el grado de autonomía que de este modo alcanzaba encerraba la siguiente alternativa: o el gobierno se hacía cargo de los intereses del capital extranjero, imponiendo una férrea dictadura a las masas obreras, o giraba en sentido contrario y, apoyándose en los trabajadores, resistía las presiones del imperialismo. Trotsky señalaba que el gobierno mexicano se ubicaba en la segunda de esas variantes. Sus mayores conquistas eran las expropiaciones de los ferrocarriles y la industria petrolera. Destacaba que semejante régimen revestía un carácter oscilante. El empresariado nativo tenía un fuerte interés en el sostenimiento del mercado interno, pero esta posibilidad dependía en mayor medida del consumo de origen campesino. De forma tal, las expropiaciones de la reforma agraria, especialmente cuando afectaban al capital extranjero, favorecían en general a esas capas de la burguesía. A su vez, el régimen gobernante obtenía de esta forma el apoyo de los campesinos, y con ese apoyo estaba en condiciones de disciplinar a los obreros.
Sin embargo, un gobierno de este tipo nunca podía estar seguro de hasta qué punto los industriales y comerciantes locales habrían de respaldarlo, o en qué momento el imperialismo decidiría una intervención. De ahí que, según los cambios en el balance del poder, se inclinara en una u otra dirección. El período en que el gobierno mexicano llevó adelante las nacionalizaciones y expropiaciones, fue el período en que la burguesía nacional intentó ganar una mayor independencia respecto al capital extranjero, y este propósito la había obligado a aproximarse a los obreros y los campesinos. En la medida en que su política la llevara a un enfrentamiento con el imperialismo y sus agentes nativos, Trotsky sostenía que el apoyo a sus medidas debía ser pleno, con la advertencia de que el partido revolucionario debía asegurar la independencia del programa y la libertad de crítica. También subrayaba que el apoyo a las medidas antiimperialistas no significaba la renuncia a la lucha por el poder, pero señalaba que para aspirar a conquistarlo, derrocando a la burguesía, el partido revolucionario debía ganar el respaldo del proletariado y de gran parte del campesinado. En el momento en que escribía estas líneas Trotsky pensaba que el gobierno de Cárdenas, posiblemente había alcanzado el límite de sus posibilidades.

Los sindicatos bajo el capitalismo de Estado
Al estudiar los problemas de la administración obrera en la industria nacionalizada, Trotsky explicó que las expropiaciones de los ferrocarriles y las empresas petroleras se inscribían en el marco de una política de capitalismo de Estado. Apuntaba que en un país semicolonial ese tipo de Estado se desenvuelve sometido a la presión del capital extranjero y de los gobiernos de los países imperialistas, de forma tal que para ganar cierto grado de autonomía se ve precisado a recurrir al apoyo de los trabajadores. Veía entonces en el gobierno mexicano lo que una década más tarde, con características propias, reproduciría en Argentina el gobierno de Perón, respaldado en las masas obreras, el ala nacionalista del Ejército y la burocracia estatal. Siguiendo su propio camino y organizado en torno a una estructura de poder de tipo bonapartista, el gobierno peronista de 1946 a 1955, desarrolló un programa de contenido nacional-democrático, llevando adelante las tareas que la burguesía nacional no estaba en condiciones de afrontar. En este caso la nacionalización parcial del comercio exterior y del sistema bancario, junto con una política redistributiva, fueron los resortes básicos sobre los que se erigió una estructura de capitalismo de Estado que le permitió, con el respaldo de los sindicatos obreros, resistir la presión del bloque terrateniente comercial y del capital imperialista durante una década.
Pero un balance de poder basado en una solución de corte bonapartista encierra una suerte de dualidad. Por una parte el gobierno, mediante una serie de concesiones logra ganarse el respaldo de las masas obreras y campesinas y, en general, de capas no proletarias del campo popular. Pero por la otra, el apoyo que obtiene de la movilización de la clase trabajadora encierra el peligro de una radicalización que, según las circunstancias, pude poner en crisis los límites burgueses del programa nacional. Trotsky observó que en México el gobierno abordó este problema integrando a los dirigentes sindicales a la administración de las compañías nacionalizadas. Mediante esta medida lograba dos objetivos de suma importancia: se aseguraba un sólido punto de apoyo en una clase fundamental de la sociedad y, al mismo tiempo, establecía un férreo control sobre las organizaciones obreras. En la segunda mitad de los años 30, cuando se unificó el movimiento obrero en la CTM (Confederación de Trabajadores de México), la integración de los sindicatos a la estructura estatal había dado lugar a la consolidación de una burocracia corrupta e inescrupulosa, dispuesta a apelar a todo tipo de maniobras para mantener el poder. Sin embargo, las medidas democráticas y antiimperialistas del cardenismo encontraron en los sindicatos obreros la más sólida base de apoyo.
Trotsky advirtió que la administración de las empresas nacionalizadas por parte de los trabajadores encerraba las más grandes oportunidades y los mayores peligros. Las posibilidades residían en el hecho de que los obreros, instalados en la dirección de ramas claves de la producción, lograsen establecer una lucha exitosa contra las fuerzas del capital y del Estado burgués. En cambio, el peligro consistía en el vínculo que se creaba entre los representantes sindicales y el aparato del capitalismo de Estado, vale decir en la transformación de los dirigentes obreros en rehenes del aparato estatal. Sin embargo este riesgo formaba parte de un peligro más general, consistente en la degeneración burguesa de los sindicatos en la época del imperialismo, fenómeno que podía apreciarse tanto en las viejas metrópolis como en las colonias y semicolonias.
En su estudio sobre la situación de los sindicatos en la época del imperialismo, Trotsky apuntó que bajo el régimen de concentración impuesto por el capital monopólico, estrechamente vinculado al Estado, se había cerrado definitivamente a los sindicatos la posibilidad de aprovechar la competencia entre los distintos capitales, característica del período del capitalismo de libre concurrencia. Así como esa puja era cosa del pasado, de igual modo la democracia sindical había quedado sepultada bajo los cambios estructurales producidos en el patrón de acumulación. Trotsky señaló que en las colonias y semicolonias el imperialismo, junto con la proletarización de una parte de la población, crea un estrato de aristocracia obrera y de burocracia sindical, cuya aspiración es que el Estado desempeñe el papel de protector, de patrocinador y, a veces, de árbitro. “Esta es la base social más importante del carácter bonapartista o semibonapartista de los gobiernos de las colonias y de los países atrasados en general. Esta es también la base de la dependencia de los sindicatos reformistas respecto del Estado”, escribió. Observando este fenómeno a la luz de la experiencia que tenía a la vista, señaló que en México las organizaciones obreras se habían convertido por ley en instituciones semiestatales, y adquirido un carácter semitotalitario. Advirtió que bajo las condiciones de la administración obrera de las empresas nacionalizadas, los dirigentes sindicales se estaban transformando en agentes administrativos directos del Estado.
Sin embargo, aún en el curso de una época histórica desenvuelta bajo el dominio del imperialismo, la suerte de los sindicatos no era inexorable. Podían efectivamente, convertirse en instrumentos de la burguesía para someter a las masas o, por el contrario, transformarse en una decisiva herramienta de clase, si los puestos de mando eran ocupados por los cuadros de una vanguardia revolucionaria que hiciera prevaler la completa autonomía respecto del Estado y de los aparatos ideológicos y partidos de la burguesía, y la más plena democracia obrera en la vida sindical. Que la lucha se resolviese en uno u otro sentido dependía de la gravitación política que alcanzase a ejercer el partido de la clase trabajadora.

“Si hubiera de comenzar otra vez…
Las líneas de este manuscrito, posiblemente de las últimas que escribió Trotsky, fueron encontradas tras su muerte a manos de un sicario stalinista el 21 de agosto de 1940. En ese año la época de reflujo de los movimientos revolucionarios y de las luchas populares y democráticas, parecía haber alcanzado su clímax. En Alemania, Austria y Checoslovaquia bajo el dominio del nazismo y en Italia bajo la dictadura del fascismo, los trabajadores habían sufrido crueles derrotas y los sindicatos estaban desmantelados. En Francia el gobierno del Frente Popular se había desmoronado sin remedio. En España el franquismo había derrotado una revolución que antes el stalinismo se había encargado de desarmar políticamente. En la Unión Soviética el último de los procesos de Moscú habían terminado en 1938, enviando a la muerte a los representantes que aún quedaban de la vieja guardia bolchevique, víctimas de las más burdas difamaciones. En una sociedad muda e inmovilizada, en medio de un silencio sepulcral, reinaba Stalin, jefe de una burocracia estatal y partidaria completamente extraña a la Revolución de Octubre. En el resto de Europa las democracias liberales se debatían en la decadencia y la impotencia.
Sin embargo, las condiciones de derrota y retroceso general no impidieron que hasta el fin de sus días Trotsky mantuviera firme sus convicciones y su confianza en la victoria final. Esperaba que la guerra mundial en curso, al igual que la de 1914, abriera una nueva era de revolución. Desde esta perspectiva, y convencido de que el reflujo de la clase obrera en buena medida era producto de la ausencia de una dirección revolucionaria, impulsó la fundación de la IV Internacional sobre la base de pequeños grupos militantes en un puñado de países. En mayo de 1940 en un manifiesto escrito a propósito de la guerra imperialista y la revolución mundial dejó constancia de esta confianza, y señaló significado que las luchas emancipatorias habrían de adquirir en Latinoamérica: sólo la unidad de los Estados de Centro y Sudamérica en una poderosa federación podría quebrar el atraso y la dependencia que aprisionaba a la región. Sin embargo no serían las burguesías locales, enfeudadas al capital extranjero, sino el joven proletariado el que consumaría la tarea bajo la fórmula de los Estados Unidos Socialistas de América Latina.
En esos días trágicos, a quienes habían perdido la confianza en las posibilidades históricas de la clase trabajadora y en la viabilidad del socialismo, les señaló que cuando se trata de los cambios más profundos en los regímenes sociales y culturales, veinticinco años en la balanza de la historia pesaban menos que una hora en la vida de un hombre. Qué valdría un hombre que a causa de los reveses sufridos en una hora o en un día, renegase del propósito que se había fijado en base a toda la experiencia de una vida, les preguntó. Pocos meses antes de morir escribió en su testamento: “Durante cuarenta y tres años de mi vida consciente es sido un revolucionario, y durante cuarenta y dos he luchado bajo la bandera del marxismo. Si hubiera de comenzar otra vez, trataría… de evitar tal o cual error, pero el curso general de mi vida permanecería inalterado. Moriré siendo un revolucionario proletario, un marxista, un materialista dialéctico y, por consiguiente, un ateo irreconciliable. Mi fe en el futuro comunista de la humanidad no es menos ardiente, sino más firme hoy, de lo que era en los días de mi juventud”.
Investigado P. Damián Bermeo




































